Europa Viajes con lectores

Música, arte y literatura en Rumanía, con Carlos Pascual

By on 13 noviembre, 2017

Carlos Pascual, uno de los más veteranos colaboradores de El Viajero, guiará en marzo del año que viene un viaje muy especial a los Cárpatos con El País Viajes y B the travel brand. Gran amante de Rumanía y gran conocedor de su cultura, de su literatura y de su música, Carlos Pascual nos confiesa que para él los Cárpatos son una suerte de frontera personal:

“Mi primer contacto sólido con Rumania ocurrió hace bastantes años, en una cena a tres en casa de la poetisa Clara Janés y su marido, el periodista Miguel Veyrat. Este acababa de venir de aquel país, y se pasó la velada hablando del mismo, e insistiendo en que yo también debería visitarlo sin tardanza. Tan fabuloso era lo que contaba que, a los postres, yo estaba casi convencido de que se lo estaba inventando.

Luego, casi sin buscarlo ni ser consciente de ello, aquel territorio fabuloso fue adoptando en mi día a día contornos casi físicos, por su extremada fuerza. Atrás quedaban los libros y apuntes de Mircea Eliade y sus arquetipos culturales de mis años de estudios de filosofía y de historia del arte. Lo que ahora se me venía de bruces, como un puñetazo, y precisamente en mis horas más vulnerables, era el pensamiento de E. M. Cioran, un rumano no tan apátrida como él quisiera.

Su Breviario de podredumbre ha sido por muchos años – lo sigue siendo, en realidad – uno de mis libros de cabecera, no para dormirme, sino para mantenerme despierto. Su lucidez sombría, casi nihilista, es la misma por cierto que me parece atisbar en un escritor de moda en estos momentos, Mircea Cartarescu, cuyo último libro, Solenoide, “es una utopía negra con final luminoso”, como ha dicho un crítico.

Para colmo, no he podido sustraerme, como casi nadie, a la lluvia fina y fría de las leyendas de vampiros y misterios, del conde Drácula y los cientos de películas y secuelas cuyo escenario es la tenebrosa Transilvania.

Pero no, nada de tintes sombríos ni pesimismos. Esa dimensión oscura espoleando mi conciencia se ha visto contrapesada y contrarrestada por dos cosas: en primer lugar, la música. Conocí pronto, y me fascinó, la obra del compositor rumano más célebre, George Enescu (su Rapsodia rumana número 2 me sigue produciendo una mezcla inefable de dulzura y melancolía en mis momentos bajos). Con el tiempo, trasteando por las tiendas de discos de Bucarest, descubrí que Enescu no era el único, que hay decenas (sí: decenas) de músicos rumanos de valor que casi nadie conoce; lo único bueno que tienen los nacionalismos es la música, creo.

La otra cosa que cambió mis esquemas fue, claro está, visitar el país. No el mundo fantástico del cine, la música, o la literatura, sino el país real. El cual, por fortuna, pude conocer en un estado, por así decir, de inocencia, o sea, antes de que entrara en la Unión Europea.

Mucho han cambiado, y están cambiando las cosas. Pero los paisajes luminosos (no sombríos) siguen ahí, siguen los castillos de fábula, las ciudades medievales casi intactas, los monasterios cubiertos de arriba abajo, hasta en los muros exteriores, por pinturas bizantinas en una asombrosa polifonía de colores. Uno descubre, al visitar la región de los Cárpatos, que esa herradura formidable de montañas ha sido siempre una frontera, primero del mundo romano (Dacia) frente a los bárbaros; luego del mundo cristiano frente a los tártaros, o los otomanos.

Pero más asombroso es constatar que aquel territorio es además una frontera personal, una frontera interior, espiritual, que marca un límite de nuestros propios sentimientos, nutridos por el arte, la música, la literatura, el conocimiento… Cosas de las que, por cierto, puedo hablar casi a diario con algunos de mis vecinos. Que son rumanos, y viven como yo (o eso pretendemos) en un mundo sin fronteras

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