Europa Viajes con lectores

Crónica de un viaje a las tierras de Drácula

By on 7 mayo, 2018

Un grupo de viajeros de El País Viajes y B the travel Brand recorrió en Semana Santa Rumanía acompañado de uno de los periodistas de viajes que mejor conoce esa zona de Europa, Carlos Pascual, colaborador habitual de El Viajero. Esta es la crónica de ese maravilloso viaje:


Bucarest, la capital de Rumanía, nos recibe con nieve hasta las rodillas. Descansamos esa noche en un hotel de verdadero lujo y al día siguiente emprendemos nuestra ruta, que será larga este día. Aprovechamos el tiempo de bus para hablar del escultor rumano Constantin Brancusi (dejamos de lejos su ciudad natal) y leer unos fragmentos de Herta Müller, la única premio Nobel rumana (por ahora, hay otros “eternos candidatos” como Ana Blandiana, Norman Manea y sobre todo Mircea Cartarescu, de los cuales también leemos textos en algún momento del viaje).

Primera parada en el monasterio de Cozia, con un paisaje nevado de cuento que nos hace retozar como críos. Entramos en Transilvania y llegamos a su capital, Sibiu, que fue también capital cultural europea en 2007. Sol radiante y colores alegres en las casas, con tejados provistos de “ojos budistas” que no nos quitan ojo. Por la noche, nos acercamos al pueblecito campesino de Sibiel para una cena familiar, con vino, aguardiente y mucho alboroto a la española; de la cocina salieron preocupados a preguntar si ocurría algo.

Al día siguiente continuamos hasta Medias, ciudad medieval donde visitamos las pinturas góticas de Santa Margarita. Y luego hasta el burgo teutón de Biertan, con su imponente iglesia fortificada. Está cerrada, vaya por dios, es lunes. Así que seguimos hasta Sighisoara, otra de las joyas de Rumanía. Y allí, todos pasmados, y no por la nieve o el frío. Por la belleza de esa ciudad teatral, con sus mansiones, pasadizos, escaleras y la imponente Torre del Reloj. Comemos al pie de esta, en la casa donde nació Vlad Tepes (el Drácula literario); algunos se atreven a subir a su habitación, aun sabiendo que nada bueno puede esperarles… Naturalmente, hablamos en los ratos de bus de Drácula, de sus cientos de películas; hay en nuestro grupo muchos entendidos en cine. También en música, y hablamos de los músicos rumanos, de Enescu, Ligeti, incluso ponemos fragmentos suyos y de otros compositores menos conocidos. Banda sonora para paisajes huidizos.

Llegamos así a Targu Mures, descansamos y al día siguiente, tras visitar la impresionante Casa de la Cultura, de estilo modernista, donde escuchamos a la orquesta local ensayar un concierto de Mozart, continuamos hasta Bistrita, y luego el Paso del Borgo, lugares donde se inicia la novela Drácula de Bram Stocker. Recordamos a Joan Perucho, por su novela única de vampiros (“Las historias naturales”), importados a Cataluña desde los Cárpatos, sacamos fotos con nieve hasta la cintura, pero valía la pena. Y entramos embobados, a través de bosques mágicos, en Bucovina, que es la franja norte de la región de Moldavia. Llegamos al hotel en Suceava. ¿Descanso? Pocos se atreven a la hora del desayuno a desvelar sus pesadillas vampíricas…

La jornada siguiente fue gloriosa. Divina. Visitamos los monasterios pintados, por dentro y por fuera, con cientos de figuras bíblicas, históricas, mitológicas, ángeles y demonios… Primero el Moldovita, casi una ciudad amurallada; luego Sucevita, después Voronet. En algún momento hablamos de la vida secreta dentro de los monasterios, registrada en la película de Cristian Mungiu Más allá de las colinas – y de paso recordamos la Nueva Ola de cine rumano, a la que Mungiu pertenece, junto con Cristi Puiu, Corneliu Poromboiu, Radu Jude, Radu Muntean…No hay Berlinale ni Festival de Cannes en que no se alcen con algún premio; el último, este mismo año en Berlín. Cine de las sábanas blancas (como nos decían de chicos) en Piatra Neamt.

La siguiente jornada fue también espléndida. Espléndido sol para visitar la iglesia fortaleza de Prejmier, y luego Harman, bastiones cristianos de Rumanía contra las razzias de los ejércitos islámicos. Llegamos así a Brasov, otra ciudad fortificada y colorista que nos sorprende por su mezcla de arquitectura antigua y locales a la última, tiendas, vinotecas, pubs… Al día siguiente, pasamos la mañana en el castillo de Bran, que por su estampa fiera y peliculera le han “adjudicado” a Drácula (¡y bien que lo explotan, en el mercadillo edecán y en el propio castillo!). Luego seguimos hasta Sinaia, población de montaña (y estación de esquí) donde la familia real rumana se hizo construir el palacio de Peles. Comentario unánime: qué pasada. Con estoicismo y buena música, soportamos la caravana de viernes-salida-de-Bucarest; nosotros, para entrar.

¡Cómo ha cambiado, cómo cambia Bucarest! Cenamos en un restaurante típico, con bailongo para los más lanzados, y ya puestos, exploramos las calles atestadas de gente y decibelios del viejo Bucarest. Al día siguiente, resaca en la visita “formal” al casco viejo, al museo de la Aldea (edificios traídos de todo el país a un parque), y luego al megalómano Parlamento o Casa del Pueblo que inició Ceaucescu, el segundo edificio más grande del mundo después del Pentágono. Cena de despedida, con música folclórica (y nostálgica-universal) en un antiguo caravasar del viejo Bucarest. Medio dormidos, al día siguiente, antes de amanecer, en el aeropuerto, no sabíamos si gastar los últimos lei en las duty free, o despertar de una vez para comprobar que todo no fue un sueño…

 

 

TAG
POST RELACIONADOS

DEJA UN COMENTARIO