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Crónica de un viaje solidario por Guatemala

By on 10 diciembre, 2018


Hace ya unas semanas que nuestro experto, Álvaro Planchuelo, arquitecto y fundador de la ONG Campamentos Solidarios, regresó de Guatemala con un grupo de viajeros de EL PAÍS Viajes a los que quiso enseñar la labor que lleva a cabo allí su ONG y la local ADIZ (Ayuda al Desarrollo Indígena de Zacualpa).  Esta es la crónica de Álvaro de un viaje solidario por Guatemala.

“El motivo del viaje era doble, primero conocer la cultura y civilización maya desde distintos puntos de vista, su historia, sus costumbres y sus necesidades actuales. Después, ayudar a ADIZ en sus proyectos en la región del Quiché, principalmente en las pequeñas aldeas y comunidades de los montes Chacús, en la biblioteca infantil de la ciudad de Zacualpa y en el Ranchón Chixocol. Esta instalación para el ecoturismo fue construida por Campamentos Solidarios en 2009 a fin de proveer un espacio para actos, eventos y encuentros entre las comunidades mayas y está gestionada también por ADIZ,.

El momento elegido no pudo ser mejor. A finales de octubre toda Guatemala prepara la Fiesta de los Difuntos y de los Santos, que se celebra la noche del 1 de Noviembre. Los mayas indígenas lucen sus mejores trajes, los cementerios se llenan de flores y los cielos de cometas esperando los vientos del noroeste. El clima es fresco en la Tierras Altas y aunque llueve un poco y está algo nublado, se alternan los días soleados con las nieblas del atardecer que recorren las cumbres de las sierras boscosas. Todo un espectáculo en Centroamérica.

En las Tierras Bajas, en la jungla tropical, no hace demasiado calor y los cielos están realmente bonitos por la alternancia de momentos soleados con descargas de lluvia. Los rayos solares que atraviesan las nubes iluminan parcialmente la selva y las crestas de las pirámides que forman los templos de las ciudades de la antigua civilización maya. Es el final de la estación de lluvias, por lo que la naturaleza se muestra verde y esplendorosa, los animales muy activos y no hay aglomeraciones en las visitas. Todo un lujo para un viajero.

Aún con el objetivo principal en este viaje de conocer la civilización maya, lo cierto es que un español que recorre Centroamérica no deja de sorprenderse desde el momento de su llegada. Ya en el aeropuerto, nada más entrar al país, después de recorrer medio mundo en avión y acostumbrado a comunicarse con el policía de aduanas en su mejor francés o inglés posible, uno simplemente tiene que decir “Buenos días. ¿cómo está usted?”, mientras ve un enorme cartel en la pared que pone “Bienvenidos”. Esto parece algo sin importancia y en España se valora poco, pero la verdad es que, aunque parezca increíble, pocos españoles que visitan estos países por primera vez conocen lo que ocurrió durante los trescientos años en los que estos territorios fueron gestionados desde allí y se quedan realmente sorprendidos al descubrirlo.

Hablamos desde el punto de vista de los viajeros -que es lo que nos interesa a nosotros-, sin intentar apoyar o desmontar leyendas negras o rosas, que queda para otro tipo de debates. Una percepción que se empieza a descubrir en la impresionante ciudad de Antigua Guatemala, llamada la muy noble y muy leal ciudad de Santiago de los Caballeros cuando fue fundada en su actual ubicación, en 1543. En ella se aprecia perfectamente el trazado renacentista de la ciudad en forma de retícula con calles y avenidas, una plaza central con los principales edificios públicos como la catedral o la Capitanía General. También en la red de conventos en los extremos de la ciudad, muchos de ellos convertidos en un montón de ruinas, testigos de una civilización ya desparecida. Pero cuando realmente se percibe la dificultad que planteo el gobierno de este territorio tan extenso y complicado es cuando se viaja por carretera entre Antigua y Chichicastenango. Casi cuatro horas para recorrer unos cien kilómetros por al altiplano, con una orografía complicadísima que varía entre los mil y los dos mil metros de altitud. Y todavía más complicada si cabe hasta llegar a Nebaj, en plenos montes Cuchumatanes.

El control de estos amplísimos territorios tan solo con caballos y carros en tan poco tiempo parece un milagro. Para conseguirlo, una vez asentadas las primeras ciudades a principios del siglo XVI en las islas de las Antillas, hallada la tierra firme en Yucatán, el océano Pacífico en Panamá y, poco después, descubiertas las civilizaciones azteca e inca, el territorio se dividió en dos Virreinatos, el de Nueva España, con capital en México, y el del Perú, con capital en Lima. En los Virreinatos se establecieron gobernaciones territoriales para su administración o capitanías generales militares, si los territorios todavía no estaban pacificados, y audiencias para administrar justicia. En 1542, con las leyes nuevas, se constituyó la Audiencia de los Confines de Guatemala y Nicaragua, que incluía los territorios del límite fronterizo hacia el sur del Virreinato de Nueva España, comprendiendo las actuales regiones de Yucatán, Tabasco, Cozumel, Chiapas, Soconusco, Guatemala, El Salvador, Comayagua (Honduras), Nicaragua y Costa Rica.

Muchos han sido los momentos mágicos de este maravilloso viaje que quedarán para siempre en el recuerdo. La visita a las aldeas de los montes Chacús, la primera vista del lago Atitlán, el desayuno entre volcanes en Antigua, las estampas teatrales del Ranchón Chixocol. También los paseos en la selva de Tikal, interpretando la arquitectura de la antigua civilización maya. También, la excelente compañía de nuestro guía local, William Veliz; del presidente de Adiz,  Fredy Argueta y su equipo y de los dos miembros de la policía turística que nos acompañaron durante los día en el Quiché, Nino López y Mario Tumb. Y de muchas otras personas que conocimos durante el viaje.

Pero dentro de todos ellos, si uno tuviese que elegir algún momento para destacar, me quedaría con la llegada el segundo día al hotel Santo Tomás, en Chichicastenango. De planta conventual con patios y muebles antiguos, allí nos recibieron en una noche lluviosa, después de recorrer la terrible carretera desde Antigua, con un buen zumo de frutas con ron. Conscientes de la lejanía y singularidad del lugar donde estábamos, al brindar todos los componentes del viaje, alguien alzó la voz diciendo “¡Por la Audiencia de los Confines¡”.

Transportarse con esfuerzo en el espacio y en el tiempo para alcanzar una meta, esto es viajar en su aspecto más amplio y sugerente”.

 

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